24Vayotsé Moshé et kol hamatót milifnéi Adonai el kol bnei Yisra'él, vayirú vayikjú ish matehú
Tras la plaga, tras la tierra que tragó a Koraj y a su congregación, y tras el fuego que salió de Adonai, todavía quedaba un murmullo en el corazón del pueblo. Los juicios extremos no lograron poner fin a la disputa.
El Santo, bendito sea, elige precisamente una solución silenciosa. No fuego, no estruendo, sino una vara. Un árbol seco. Un bastón inmóvil.
“Vehayá ha’ísh ashér evjár bo matehú yifráj, vahashikóti me’alái et tlunót bnei Yisra’él” (El hombre a quien yo elija, su vara florecerá, y haré cesar de delante de mí las quejas de los hijos de Israel, versículo 20).
Doce varas de príncipes son colocadas juntas en la Tienda de la Reunión. Una de ellas es llamada a romper todas las reglas y florecer. Y milagrosamente, la vara de Aarón, la vara del hombre contra quien se habían rebelado, es la que produce un brote, una flor y almendras.
“Vayotsé féraj vayatséts tsits vayigmól shkedím” (Brotó un brote, floreció una flor y maduraron almendras, versículo 23).
Rashí pregunta: ¿por qué precisamente almendras? Y responde: “¿Y por qué almendras? Es el fruto que se apresura a florecer más que todos los frutos, así también el que provoca contra el sacerdocio, su castigo se apresura a llegar.” La señal misma es una amenaza silenciosa: quien desafía al sacerdocio, también su castigo se apresura.
Pero detrás de la amenaza se esconde otra verdad. La vara, un instrumento que hasta ahora era símbolo de dominio y golpe, se convierte aquí en un vehículo de vida. Un árbol seco que brota. Una prueba no en la fuerza, sino en el crecimiento.
La Torá no eligió terminar la disputa con otro prodigio de tierra abierta o fuego del cielo. Eligió terminarla en floración. Hay un tipo de resolución que no puede ser forzada. Hay que dejar que florezca, y esperar a que el corazón vea.