32Veló tis'ú aláv jet baharimjém et jelbó miménu ve'et kodshéi vnei Yisra'él lo tejalelú veló tamútu
A la sombra del gran quebranto de Koraj, la Torá sigue colocando cimientos. La séptima aliá se dirige a la tribu de Leví, la tribu que no recibió porción ni heredad en la tierra, y precisa su misión, sus derechos y también sus obligaciones.
El Santo declara:
“Velivnéi Leví hiné natáti kol ma’asér beYisra’él lenajalá” (Y a los hijos de Leví, he aquí les he dado todo el diezmo en Israel como heredad, Números 18:21).
La tribu de Leví no trabaja la tierra. No tiene campos, viñedos ni parcelas. Su heredad es el servicio en lo sagrado. En lugar de tierra, recibe el diezmo del pueblo.
El diezmo no es caridad ni es sostén. El propio versículo lo explica: “Ki sajár hu lajém jélef avodatjém be’ohel mo’éd” (Porque es retribución para ustedes en pago por su servicio en la Tienda de la Reunión, versículo 31). Es una compensación por el servicio.
Pero precisamente entonces llega un nuevo mandato: también los levitas deben dar contribución.
“Vaharemotém miménu terumát Adonai ma’asér min hama’asér” (Y separarán de él una contribución para Adonai, un diezmo del diezmo, versículo 26).
También los que reciben el diezmo se vuelven dadores. También el guardián de lo sagrado debe recordarse que la santidad no es posesión, sino misión. Están llamados a separar para el cohen lo más selecto, la porción consagrada.
La idea del “diezmo del diezmo” es profunda: cada persona, incluso cuando recibe, está llamada a traducir lo recibido en entrega. Toda corriente de bendición exige ser transmitida.
Y al final, la Torá menciona el límite: “Ve’et kodshéi vnei Yisra’él lo tejalelú veló tamútu” (Y no profanarán las cosas santas de los hijos de Israel, para que no mueran, versículo 32). La retribución no es un privilegio. Viene con responsabilidad, con límites. Incluso quien habita cerca de lo sagrado debe cuidarse de sentirse dueño. El cohen, el leví, y cada uno de nosotros cuando estamos en una posición de influencia, enseñanza o liderazgo.
El mensaje es claro: ¿qué he recibido que estoy llamado a transmitir? ¿Cuál es mi propio “diezmo del diezmo”, en tiempo, en talento, en recursos?